El papa en la solemnidad de todos los santos: El camino a la santidad es el mismo de la felicidad.

En la Solemnidad de todos los Santos, el Papa Francisco rezó el Ángelus con los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro, deseosos de escuchar su comentario al Evangelio y recibir su bendición apostólica. En esta ocasión, el Santo Padre anotó, entre otras cosas, que las bienaventuranzas no son para “superhombres” sino para todos nosotros y que constituyen el “mapa” de la vida cristiana para la felicidad; en otras palabras,  “los ingredientes para la vida feliz se llaman bienaventuranzas”.

A propósito de la Solemnidad de todos los santos, Francisco recordó que se trata de “nuestra fiesta”, porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida; a la vez que afirmó que “los santos no son modelitos perfectos, sino personas atravesadas por Dios”; incluso-anotó el Papa-  podrían compararse con los vitrales de las iglesias que dejan entrar la luz con sus diversas tonalidades, puesto que “son nuestros hermanos y hermanas que han acogido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada uno según su propia “tonalidad”; han sido transparentes, han luchado para quitar las manchas y las oscuridades del pecado, de modo que la luz gentil de Dios pueda pasar, lo que representa, también para nosotros, la finalidad de nuestra vida.

En cuanto al pasaje evangélico propuesto por la liturgia del día, Francisco recordó que en esta ocasión Jesús se dirige a los suyos, y a todos nosotros, diciendo “bienaventurados”. Se trata – explicó – de la parábola con la que el Señor comienza su predicación, que es “evangelio”, es decir, buena noticia, porque es el camino de la felicidad. Quien esta con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no está en el tener algo o en el convertirse en alguien, no, la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor.  Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los propios errores, permanecen humildes, lejos de la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, trabajan siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien.

Estas son las bienaventuranzas; no exigen gestos clamorosos, no son para súper hombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día, para nosotros. Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden jamás de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana. Las bienaventuranzas son el mapa de la vida cristiana. Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada en este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas “de la puerta de al lado”, que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen tantos hoy! Son tantos. Gracias a estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo, que viven entre nosotros, anotó el Papa. 

 Al concluir, el Santo Padre pidió a la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, que interceda en nuestro camino de santidad y por quienes ya nos han precedido partiendo hacia la Patria celestial.